Nuevos cafés. Coming soon

Migoti, Río 8, Niery, Mencuriani … cafés que han sido un éxito estas pasadas navidades, dan paso a una nueva ola de cafés.

Si bien el Guatemala Santa Avelina continúa dando la batalla en los molinos, nuevas entradas están ya a las puertas. En orden de precio, empezando por los más asequibles, tendremos:

Burundi Runyoni, natural bourbon. Buen cuerpo y acidez media, de la región de Karuzi, procedente de fincas de entre 1500 y 1700 metros de altitud.

Perú Satipo, que vuelve tras el paso del Mencuriani. Últimamente los Perús están logrando mención especial de clientes. El Satipo es de una sola finca, de la productora Cecilia Yachi, que produce café desde que decidió lanzarse a los 25 años.

Un café de proceso natural, completo, delicado y de acidez media. Formado por variedades caturra, catimor, pache y catuaí.

Costa Rica La Canoa, un café natural de la finca de Enrique Sánchez, en el valle central. Frutal, cuerpo meloso y acidez media/alta.

Nicaragua Los Jilgueros, de la finca del mismo nombre y de la mano de Armando Peralta, llega un café de la región de Brujil-Macuelizo. De proceso Natural y bourbon rojo, de basse achocolatada y frutos rojos. Dulzón pero a la vez de acidez alta. Puntuación SCA de 86 y muchas ganas de probar, los naturales de variedad bourbon rara vez decepcionan.

Etiopía Wegida, de yirgacheffe, destaca como el más alto de la gama de estos lotes. Con 88,25 puntos y en finca de 2150 metros de altura, llega este natural con notas a naranja amarga, uvas y especies.

Yenenesh, natural de Idido, heredó la finca familiar y con ayuda de Ama Commitment, ha adquirido las camas de secado y mosquiteras. Recolectado a mano y sin fertilizantes, aunque la certificación orgánica no esté pasada por ser otro trámite más con coste, como si no tuvieran ya suficientes. Algo que da que pensar: certificarse en orgánico para una finca a más de 2000 metros, a la que no atacan las plagas y de difícil acceso para subir sacos de fertilizantes. Si la picaresca no fuera una de nuestras debilidades, nos sobrarían certificadores, burócratas y gente del «primer mundo» viajando, cobrando y examinando para auditar a unos agricultores que lo que quieren es trabajar y vivir de sus tierras.

De la misma manera, la certificación de comercio justo, se va a más de 3000 dólares cuando hay cooperativas y asociaciones que hacen profit sharing repartiendo una cantidad que resulta en un café pagado el doble de lo que marcaría el mínimo de comercio justo. Y es que, al final, pasear el sello para decir que somos buenos, se ha convertido en un negocio.

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